En la primaria

 

Foto Mercedes White

Esta es la imagen más temprana que se conoce de Gilberto Vieira. Fue tomada por su madre, Mercedes White Uribe, en ese tiempo fotógrafa, aparentemente en enero o febrero de 1914. Ese año, en octubre, la familia acusó el devastador impacto del asesinato de su principal figura pública, Rafael Uribe Uribe.

En marzo de 1991 -un mes antes de cumplir 80 años-, a mano en una libreta blanca de cubierta plástica, Vieira, que siempre se había negado a escribir sus memorias, comienza a hacer para sí mismo un repaso de su vida. Con motivo de su centenario, esa libreta ha sido trascrita textualmente en su totalidad, respetando la grafía original. Hoy publicamos sus páginas iniciales. La sonada expulsión del instituto donde cursaba secundaria no fue la primera. Vieira tendría si acaso 10 años de edad cuando supo que defender la dignidad de los demás tenía sus costos:

He creído un poco en el destino, casi como los antiguos griegos. Esta creencia, quizá irracional, tiene raíces en episodios de mi infancia y juventud, que me lanzaron al torrente de la lucha revolucionaria. Trataré de recordarlos, sin más propósito que aclararme a mí mismo los orígenes de una trayectoria vital que escogió el camino áspero de la rebelión contra el sistema social en que se formó, en una ruptura que lo empujó a buscar la puerta estrecha de los cambios revolucionarios.

Fui criado como hijo único –mi hermana nació 11 o 12 años después- y era, por tanto, bastante solitario. Desde muy pequeño amaba los libros, pero con las costumbres pedagógicas de la época sólo me enseñaron a leer a los siete años. Entre tanto le exigía a mamá que me leyera, no sólo cuentos infantiles sino también novelas de Julio Verne. A ella le hacía gracia mi porfiada petición: “Leya, mamá, leya” y me complacía. A los siete años me llevaron al Colegio de Cristo, que era entonces el mejor de Manizales, regentado por hermanos maristas, con superiores franceses.

Poco a poco fui formándome una “conciencia crítica” sobre varios aspectos de la enseñanza que me suministraban. Así, los primeros rudimentos de historia eran de libros españoles de texto, que se referían despectivamente a los libertadores del dominio monárquico peninsular. Yo no ocultaba mi disentimiento al respecto en la casa y en el colegio. Sin embargo, los hermanos descubrieron mi afición por la literatura y en cierta medida la fomentaron. Me ponían a aprender versos de memoria para hacérmelos recitar en los actos solemnes. Recuerdo que en uno de ellos recité íntegramente los Versos a la Luna de don Diego Fallon, por lo cual fui muy felicitado. Así pasaron varios años, en los que yo trataba de escapar de la enseñanza oficial refugiándome en Julio Verne, Emilio Salgari, Nick Carter y Sherlock Holmes, que eran las lecturas populares de la época.

Hasta que se presentó un episodio que determinaría mi expulsión del Colegio de Cristo. Uno de los hermanos maristas se dedicó a galantear y acariciar cada día más descaradamente a uno de los condiscípulos. En uno de los paseos a lugares campestres que hacía regularmente el colectivo del colegio, el acoso sexual del invertido “hermano” al jovencito que lo fascinaba se hizo excesivamente descarado. Ello motivó una gran indignación en los alumnos de la clase que regentaba dicho “hermano”. Y resolvieron, en un recreo, que debíamos plantear el problema al rector francés, el hermano Antonio. Además, me designaron vocero de la clase y como tal me desempeñé. El resultado fue que me expulsaron del colegio.

Mis padres, consternados, me dieron la razón. Y comencé un peregrinaje por colegios privados de segunda categoría. En el de un señor Estrada, creo que lo único que aprendí fue a escribir en máquina. Hasta que terminé la primaria en la interesante escuela que regentaba el padre Nazario Restrepo, amigo de mis padres, escritor y poeta de valía. El padre Nazario fomentó mi afición por la lectura y se mostró muy comprensivo con mis inquietudes.

En ese tiempo de peregrinaje por colegios muy deficientes  se manifestó la enfermedad que llamaban “nerviosa” de mi madre, que tantas angustias habría de causar a sus familiares. Se trataba de períodos de profunda depresión en los que se quedaba en la cama semanas enteras sin decir palabra; después venía el delirio. El primer ataque de tan cruel enfermedad tuvo lugar encontrándome solo con mi madre. Mi padre había salido en un largo viaje, por los caminos de herradura de entonces, hacia Sopetrán, donde su madre, doña Concha Gaviria, había enfermado de gravedad. En ese entonces tuve la solidaridad de mis vecinos, la familia de don Julio Cuervo y doña Matilde Márquez, cuyas hijas eran mis amigas. A todos los recuerdo con gratitud.

Anecdóticamente anoto que otros vecinos y amigos eran los hijos del general Marco Alzate, cuya casa estaba decorada con láminas que evocaban al ejército alemán en la Primera Guerra Mundial. Fui amigo de infancia, entonces, de mi tocayo Gilberto Alzate, mayor que yo, quien habría de destacarse como dirigente conservador, adicto al nazi-fascismo, que mucho más adelante yo habría de combatir con ardentía. Gilberto Alzate me invitaba a su casa para participar en juegos, que frecuentemente eran simulación de misas, en las que mi tocayo actuaba de oficiante.

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4 comentarios on “En la primaria”

  1. ntcboletin dice:

    Sobre los 100 años de Gilberto Vieira White y otras de las personas mencionadas en esta publicación sugerimos ver:
    Gilberto Vieira White. 11 y 100 años. Medellín, Abril 5, 1911 – Bogota, Febrero 25, 2000. Homenaje y Memoria de NTC …
    http://gilberto-vieira-w.blogspot.com/2011_02_01_archive.html (25 de febrero de 2011)
    https://picasaweb.google.com/ntcgra/GilbertoVieiraSuVidaSuObraSusAportesLibroCienAnosDeSuNacimientoAbril52011#slideshow/
    Atte., NTC … Nos Topamos Con …, (Año 11), http://ntcblog.blogspot.com/ ,
    ntcgra@gmail.com . Cali, Colombia.


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