Claveles rojos para Vieira

Era su flor preferida.

Así lucía su tumba hoy, en el día de sus cien abriles.

5 de abril de 2011

Cementerio Central de Bogotá

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2 comentarios on “Claveles rojos para Vieira”

  1. Marcela Quijano dice:

    ODA A UNA ESTRELLA
    Pablo Neruda

    Asomando a la noche
    en la terraza
    de un rascacielos altísimo y amargo
    pude tocar la bóveda nocturna
    y en un acto de amor extraordinario
    me apoderé de una celeste estrella.

    Negra estaba la noche
    y yo me deslizaba
    por la calle
    con la estrella robada en el bolsillo.
    De cristal tembloroso
    parecía
    y era
    de pronto
    como si llevara
    un paquete de hielo
    o una espada de arcángel en el cinto.

    La guardé
    temeroso
    debajo de la cama
    para que no la descubriera nadie,
    pero su luz
    atravesó
    primero
    la lana del colchón,
    luego
    las tejas,
    el techo de mi casa.

    Incómodos
    se hicieron
    para mí
    los más privados menesteres.

    Siempre con esa luz
    de astral acetileno
    que palpitaba como si quisiera
    regresar a la noche,
    yo no podía
    preocuparme de todos
    mis deberes
    y así fue que olvidé pagar mis cuentas
    y me quedé sin pan ni provisiones.

    Mientras tanto, en la calle,
    se amotinaban
    transeúntes, mundanos
    vendedores
    atraídos sin duda
    por el fulgor insólito
    que veían salir de mi ventana.

    Entonces
    recogí
    otra vez mi estrella,
    con cuidado
    la envolví en mi pañuelo
    y enmascarado entre la muchedumbre
    pude pasar sin ser reconocido.

    Me dirigí al oeste,
    al río Verde,
    que allí bajo los sauces
    es sereno.

    Tomé la estrella de la noche fría
    y suavemente
    la eché sobre las aguas.

    Y no me sorprendió
    que se alejara
    como un pez insoluble
    moviendo
    en la noche del río
    su cuerpo de diamante.

  2. Mario Osorio M dice:

    No sé por qué recordé un poema de un político venezolado del antiguo MIR, Simón Sáez Mérida,que conoció brevemente a Gilberto en uno de sus viajes a Praga. Se llama “La fe del polvo”.

    LA FE DEL POLVO

    De: Simón Sáez Mérida

    Mis Dioses son de aquí,
    de los grandes círculos del girasol
    y las serpientes,
    de las piedras oscuras
    y los huracanes azules,
    de las batallas del Orbe
    y sus guitarras.

    Creo en el Sol,
    gran nave encadenada de la luz,
    padre de todos los espejos
    y guijarros,
    de la aurora
    y sus pájaros amarillos.

    Creo en la Tierra
    envejeciendo con sus árboles,
    cubriendo los zodíacos
    de mariposas rojas
    y en la vigilia triste
    de los alcaravanes.

    Creo en el Agua
    volcando sus estrellas en la lluvia
    y en la gran fiesta de los astrolabios,
    en los arcoíris de las cascadas
    y en las burbujas blancas
    de los pantanos.

    Creo en el Aire
    huyendo de las botellas
    abandonadas,
    de los relámpagos
    y sus magias rojizas,
    de los caballos despoblados
    y del ala negra de los gavilanes.

    Creo en el Tiempo
    untando pátinas
    en biblias y satélites,
    triturando los grandes cuerpos
    del espacio
    y sus ignotas osamentas,
    devolviendo al barro
    iglesias y jaguares,
    palomas y cadalsos.

    Creo en la Vida,
    brevísima luciérnaga deshabitada,
    guitarra en llamas,
    gallo de los abismos,
    rosa en las hogueras
    del medio día,
    espiga frente a la tempestad.

    Creo en la Luz
    y en el reposo de la oscuridad,
    en la gran fiesta de los ríos,
    en el polen que cae y muere
    en los océanos,
    en la intemperie de los desiertos,
    en el viento
    y sus diluvios solitarios.

    Creo en la penumbra del Mar
    y en la caja sonora
    de sus grandes mareas,
    en el ojo rojo de sus truenos
    y en los cuerpos de piedra
    de sus acantilados.

    Creo en la Muerte,
    lobo incansable,
    sin memoria de los degüellos
    de la víspera,
    vientre de todos los escombros,
    madre de las catástrofes
    y de las auroras.

    En fin,
    creo en las luces que vagan
    en los bosques oscuros
    y en las fogatas remotas
    de las galaxias.

    Mis Dioses son de aquí.

    Caracas, diciembre, 1992


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